COMPLEJIDAD Y CIENCIAS SOCIALES
 

Texto publicado en: Complejidad de las ciencias y ciencias de la complejidad, Carlos Eduardo Maldonado (compilador). Bogotá: Universidad Externado de Colombia (en prensa), págs. 15-56; ISBN, 958-616-946-4, págs. 1-145

  

COMPLEJIDAD Y CIENCIAS SOCIALES.[1]

El problema de la medición de los sistemas sociales humanas 

Carlos Eduardo Maldonado

Profesor-Investigador

CIPE – Universidad Externado de Colombia

E-mail: carlos.maldonado@uexternado.edu.co 

 

Introducción 

Como es sabido, uno de los problemas centrales en las ciencias de la complejidad consiste en la medición de la complejidad. En este texto me propongo identificar un problema que no ha sido abordado ni por parte de las ciencias de la complejidad, ni tampoco, integralmente, de parte de la filosofía de las ciencias sociales, a saber: cómo medir la complejidad de sistemas sociales humanos. Con ello, al mismo tiempo, el objetivo es el de avanzar en la discusión existente en la bibliografía especializada acerca de la importancia o la necesidad de establecer mediciones de la complejidad. Mediante la identificación de este problema quisiera formular una tesis. El problema de la complejidad de los sistemas sociales se define frontalmente en función del tiempo, de tal suerte que la complejidad de un sistema social no coincide necesariamente con el tiempo actual o con la historia del sistema. De esta suerte, lo que surge ante la mirada reflexiva es el tema de las posibilidades de los sistemas sociales, tanto más cuanto que el objeto de estudio son los sistemas de complejidad creciente. Las ciencias de la complejidad consisten, así, en un trabajo riguroso con la esfera de las posibilidades.  

Los argumentos que empleo para sostener la tesis mencionada son cinco. Estos argumentos exponen a su vez la estrategia adoptada para identificar el problema en mención y sostienen mi afirmación acerca de las relaciones entre temporalidad y sistemas sociales humanos de complejidad creciente. En primer término, se precisa el marco del estudio y medición de la complejidad, con una finalidad expresa: establecer que las ciencias sociales no han sido consideradas hasta el momento como uno de los caminos hacia la complejidad o hacia el desarrollo de una teoría de los sistemas complejos adaptativos, y que, en consecuencia, debería ser posible considerarlas en este sentido. Posteriormente, en segundo lugar, se identifica en qué consisten los sistemas ergódicos, los cuales tienen la ventaja de que si bien poseen una temporalidad, son insuficientes para la explicación de la especificidad de los sistemas biológicos. Con S. Kauffman se concluye que los sistemas biológicos no son ergódicos y, más generalmente, que el universo en el que vivimos no es ergódico. Este segundo argumento sirve para distinguir los sistemas físicos de los sistemas biológicos, y por hipótesis permite extrapolar la no ergodicidad hasta los sistemas sociales humanos. El tercer argumento establece, luego de una puntualización sobre qué son las escalas y los mapas, que el recurso a procedimientos escalares y a mapas ni es suficiente ni necesario para la comprensión y la explicación de la complejidad de los sistemas complejos adaptativos humanos aunque sí pueda serlo para el estudio de sistemas físicos y biológicos. De esta suerte, los argumentos segundo y tercero tienen una función negativa, esto es, sirven para allanar el camino hacia el cuarto argumento y que afirma que la especificidad de los sistemas sociales humanos es su temporalidad, y que el tiempo mismo no puede ni debe ser estudiado de manera lineal. Así, la complejidad de los sistemas sociales humanos consiste en la distinción entre el tiempo físico y las temporalidades individuales y colectivas, y no existe ninguna coincidencia necesaria entre ambos tipos de temporalidad. Finalmente, como un quinto argumento, se sostiene que los sistemas sociales humanos son de la máxima complejidad posible o imaginable y que ello abre una veta formidable de trabajo para la explicación de esta clase de complejidad. Para concluir se hace una reconsideración sobre las ideas expuestas y se abren tres opciones diferentes pero congruentes en el estudio de la complejidad de los sistemas sociales humanos, lo que define su particularidad y necesidad para el estudio de la racionalidad y la lógica de la acción que se sigue en las ciencias de la complejidad a partir del estudio de la clase de sistemas complejos estudiados[2]. 

1-. El marco del estudio y medición de la complejidad 

Con insistencia se ha reconocido que las ciencias de la complejidad se han ocupado, predominantemente, de sistemas relativamente simples o relativamente complejos como los sistemas dinámicos físicos y biológicos, por ejemplo, dejando de lado, siempre, hasta ahora, a los sistemas de gran complejidad como son los sistemas sociales humanos. En este texto me propongo estudiar la complejidad de este tipo de sistemas a partir de un hilo conductor, a saber: la identificación o formulación del problema de la determinación de la complejidad máxima de los sistemas sociales humanos, un problema altamente sensible para ciencias y disciplinas como la política, la economía, la sociología o la antropología, el derecho, la sociología, la administración o la psicología, e incluso la ética, por ejemplo.

 El tema de base en ciencias de la complejidad consiste en el estudio de los sistemas complejos adaptativos (SCA). Pues bien, es importante establecer la medición de la complejidad de los mismos, y no existe una única definición de lo que sea la complejidad de un sistema, ni tampoco, consiguientemente, existe una única medición de la complejidad de esta clase de sistemas. No obstante, es fundamental reconocer dos tipos básicos de sistemas complejos. De un lado, se trata de la identificación primaria entre sistemas de complejidad decreciente y, de otra parte, los sistemas de complejidad creciente. En el contexto de las ciencias de la complejidad no es el caso ocuparse de los primeros. Por el contrario, el problema difícil de la medición de la complejidad se refiere a los segundos. La dificultad consiste en la medición de la complejidad de sistemas dinámicos marcados por el tiempo, puesto que el tiempo es en los sistemas de complejidad creciente, factor de la complejización misma. 

No existe una única explicación acerca de qué hace que un sistema complejo sea tal, esto es, que su complejidad sea creciente. La lista varía de un autor a otro, y existen sólidas propuestas y explicaciones. De acuerdo con J. Holland (1995), la complejidad es el resultado de la adaptación –por definición incesante e inacabada-, de los sistemas. Precisamente por esta razón, Holland ha sido reconocido como el padre de la categoría de sistemas complejos adaptativos (CAS, en inglés). Según, S. Kauffman (1993, 1995), la complejidad es el resultado de procesos autoorganizativos, cuya base, a su vez, son procesos autocatalíticos. Por su parte, I. Prigogine (1980, 1984) ha señalado que el tiempo es factor determinante en la complejización de cualquier sistema, introduciendo así la idea de sistemas alejados del equilibrio, o también, la termodinámica del no-equilibrio. Desde este punto de vista, la complejización se corresponde exactamente con la ausencia de equilibrio o, lo que es equivalente, con el reconocimiento del carácter inestable o dinámico del equilibrio. 

Globalmente hablando, se han identificado ocho caminos que explican la complejidad de un sistema. Desde una sociología de la ciencia, es preciso identificar a estos ocho caminos que explican la complejidad como los caminos ortodoxos elaborados en, y que se concentran en torno a, los trabajos del Instituto Santa Fe (SFI). De acuerdo con P. Anderson (1999), estos ocho caminos son: 

i)                    La moderna teoría matemática de la complejidad, y cuyos pilares son los trabajos pioneros de A. Turing y de J. von Neumann. Se trata de la teoría de la complejidad, tal y como se entiende desde las matemáticas y las ciencias de la computación;

ii)                   La teoría matemática de la información de Shannon;

iii)                 La teoría ergódica, los mapas dinámicos y la teoría del caos; esto es, se trata de la física, las matemáticas y las ciencias de la computación;

iv)                 La vida artificial, un programa de trabajo iniciado por Th. Ray y C. Langton;

v)                  Las multiplicidades aleatorias y la ergodicidad rota, las redes neuronales, los estudios sobre percolación, localización, y otros semejantes;

vi)                 La criticalidad autoorganizada elaborada originalmente por P. Bak y, consiguientemente, los estudios sobre factales;

vii)               La inteligencia artificial y los campos afines como el estudio de sistemas expertos, los algoritmos genéticos y el trabajo con otras metaheurísticas;

viii)              El estudio del cerebro, humano o animal, y que se condensa en el título de “wetware” (programas húmedos), entre quienes se encuentran a J. Holland, G. Cowan y M. Gell-Mann.

 A partir de esta lista de P. Anderson quisiera llamar la atención puntualmente sobre tres hechos. El primero es de carácter al mismo tiempo metodológico, lógico y heurístico: se trata del hecho de que el estudio de la complejidad implica el estudio de temas, teorías y problemas tales como la ergodicidad, el caos, los fractales y otros, pero que lo contrario no ocurre de manera necesaria ni evidente. Esto es, el estudio, por ejemplo, de los sistemas caóticos, no implica ni conduce, de manera necesaria, al trabajo con sistemas complejos no-lineales. Sin embargo, el sentido contrario sí es el caso, ya que el estudio de la complejidad sí implica la posibilidad de hablar de, y tratar con, por ejemplo, caos, fractales, ergodicidad, redes neuronales, metaheurísticas y otros temas próximos y semejantes. El segundo hecho, que es formulado por la casi totalidad de autores que trabajan en sistemas complejos, consiste en el reconocimiento de la ausencia de una teoría de los sistemas complejos. Lo verdaderamente significativo en este segundo caso se encuentra justamente en el valor de este reconocimiento, a saber: es en ese punto en donde terminan generalmente los trabajos de los investigadores en sistemas complejos no-lineales. Pues bien, lo verdaderamente importante radica en que ese punto en el que terminan, por lo general, los trabajos de los principales autores que trabajan ciencias de la complejidad coincide con la puerta que señala la entrada hacia las ciencias sociales y humanas. En efecto, como es sabido, la formación de los principales investigadores y teóricos de la complejidad es principalmente en física, matemáticas, ciencias de la computación y biología, y sólo unos pocos, también en economía. En esto consiste el tercer hecho que considero oportuno atender. Se trata de la comprobación de que en la lista de Anderson no aparece de ninguna manera un camino que explique la complejidad de un sistema y que proceda de las ciencias sociales.

 A partir de esta tercera observación, quisiera formular una hipótesis, que se encuentra en el horizonte de los resultados de este mismo texto. Considero que no podrá alcanzarse una teoría de los SCA, y en consecuencia una teoría de los sistemas complejos no lineales hasta que no se haya realizado un trabajo a fondo acerca de las relaciones entre complejidad y sistemas sociales humanos. En efecto, mientras que los estudios sobre la complejidad permanezcan dentro de los márgenes de la física, la biología, las matemáticas y las ciencias de la computación podrán alcanzar grandes conquistas, como efectivamente ha venido sucediendo. Pero les hará falta una dimensión grande, a saber: la explicación de la dinámica de los sistemas sociales humanos. En los círculos de teóricos, estudiosos e investigadores de las ciencias de la complejidad se afirma con frecuencia que los sistemas sociales humanos son los de mayor complejidad, debido justamente a los numerosos grados de libertad que exhiben estos sistemas. Pues bien, no es suficiente con hacer esta clase de afirmaciones. Es preciso además, y sobre todo, explicarlos. Con este texto me propongo, por tanto, allanar el camino en la dirección de las relaciones entre complejidad y ciencias sociales. 

Como se observará, se encuentra aquí una veta enorme de trabajo hacia futuro y, como ha sido reconocido, el trabajo con sistemas complejos no podrá avanzar mucho si no se trabaja, mancomunada o cruzadamente, en la elaboración de una teoría que incluya justamente temas, problemas y conceptos como adaptación, autoorganización, no-linealidad, fractales, evolución, sociedad, y otros semejantes y próximos. Desde este punto de vista, el trabajo grueso aún se encuentra por hacer, y consiste en la elaboración de una teoría de los sistemas complejos no-lineales, puesto que lo que ha predominado hasta el momento es la creación de numerosos modelos –generalmente con ayuda de computadores-, que explican y/o simulan numerosos fenómenos, comportamientos y sistemas. 

A fin de aclarar lo anterior, quisiera trazar aquí una distinción de base gracias a la filosofía de la ciencia. Se trata de distinguir lo que es un modelo, de una teoría. Todo modelo consiste en la explicación particular de un fenómeno particular, mientras que una teoría es una explicación general de un fenómeno particular pero que puede aplicarse igualmente a otro(s) fenómeno(s) particular(es). Así, por ejemplo, es posible hablar de un modelo económico, de un modelo del sistema inmunológico, de un modelo social, por ejemplo. Lo verdaderamente relevante aquí consiste en el reconocimiento de que en la historia de la ciencia –y por lo tanto, también de la filosofía-, existen numerosos modelos, pero muy pocas teorías[3]. 

Pues bien, supuesto que el problema de estudio consiste en los sistemas de complejidad creciente, básicamente existen tres tipos de mediciones de complejidad, a saber: mediciones estadísticas, probabilísticas y no-lineales. 

Es suficientemente conocido que las ciencias sociales realizaron una significativa contribución para el desarrollo de la estadística, la regularidad de los promedios y el análisis estadístico mediante las ecuaciones diferenciales, a partir del trabajo pionero de A. Quetelet en su libro Mecánica social, esto es, sencillamente, de la “física social”[4] (Prigogine, 1984: 241). Sin embargo, fue gracias a la incorporación de las ideas y los trabajos de Quetelet a la física por parte de L. Boltzmann y de J. W. Gibbs por lo que la mecánica estadística adquirió prestancia entre los científicos. Como es sabido, uno de los procedimientos predominantes para la medición de la complejidad de un sistema es el recurso a procedimientos, explicaciones y mecanismos estadísticos. En este plano, el trabajo de Boltzmann y sus sucesores es referente absolutamente obligatorio. A partir de la regularidad de los promedios, los trabajos de Gauss sobre las curvas de promedios representan un avance importante en esta dirección. Sin embargo, lo que escapa a la comprensión de las mediciones estadísticas de la complejidad son los fenómenos de autoorganización, los cuales no pueden, en manera alguna, ser explicados satisfactoriamente a partir de la mecánica estadística. 

Respecto a las mediciones probabilísticas, el aspecto sensible radica en la distinción entre sistemas dinámicos ordenados y caóticos, de suerte que es respecto a los segundos que se introduce el tema del azar o de la aleatoriedad. Desde este punto de vista, el problema consiste en la medición de los grados de libertad de un sistema dinámico, esto es, ulteriormente, en la medición de la aleatoriedad de un sistema. Los trabajos de Kolmogorov-Chaitin constituyen un paradigma al respecto. Pues bien, precisamente frente a la medición probabilística de la complejidad de un sistema se ha introducido la idea de mediciones escalares, a partir de las cuales, la medición de un sistema depende de las escalas de estudio, complejidad y aleatoriedad adoptadas. Ya volveré inmediatamente sobre esta idea. 

El aspecto verdaderamente determinante en este contexto es el reconocimiento explícito de que las ciencias de la complejidad, análogamente a la ciencia tradicional o “ciencia normal” (para retomarla expresión de Th. Kuhn), consiste en hacer mediciones. Y que las mediciones se expresan en términos matemáticos. Cuando se mide un fenómeno, un comportamiento o un sistema, se espera que el resultado se plasme en una cantidad matemática o un dato numérico. Sin embargo, al mismo tiempo, las ciencias de la complejidad han venido poniendo de manifiesto que si bien los datos numéricos son el resultado de las mediciones y por consiguiente de la adopción de una determinada escala, no es necesario que la medición consista única o exclusivamente en una cantidad matemática. La medición de la complejidad también puede plasmarse en una medición cualititativa. Notablemente, por ejemplo, en un concepto. 

La tercera propuesta de la medición de la complejidad de un sistema encuentra en los trabajos de C. Bennett su punto de partida y de referencia obligatorios. De acuerdo con esta propuesta, la complejidad de un sistema corresponde al desarrollo no-lineal del sistema, de manera que el problema de la medición de la complejidad de un sistema consiste en la determinación del desarrollo de un sistema desde los niveles simples hasta los niveles actuales de su complejidad. Una buena ilustración reciente y al mismo tiempo un desarrollo de esta línea de trabajo es el libro de B. Goodwin y R. Solé (2000). Un rasgo común básico en el trabajo con sistemas de complejidad creciente consiste en el reconocimiento de la no-linealidad. Es preciso agregar que la no-linealidad no significa que no sea posible el control de los fenómenos, comportamientos o sistemas no lineales, ya que son numerosos los procesos no lineales que son ordenados, predecibles y controlables. 

Como se observará, el paradigma de la medición estadística es la física y los sistemas y procesos físicos, y ello en desmedro del trabajo liminar de Quetelet. (Curiosamente, Quetelet es más conocido por su trabajo a partir de Boltzmann, que al interior de las propias ciencias sociales). Por su parte, el paradigma de la medición probabilística es doble: se trata al mismo tiempo de los sistemas informacionales y computacionales, y de las matemáticas. En cuanto al paradigma de la medición no-lineal de un sistema, el paradigma es la biología. 

Como quiera que sea, puntualmente dicho, no existe una única medida de complejidad de un sistema, y este constituye el principal y más promisorio problema en el estudio de los sistemas dinámicos no-lineales. En efecto, es preciso atender a dos circunstancias distintas. De un lado, es el hecho de que dos grupos de científicos y/o teóricos, o dos investigadores, o también dos teorías estén observando cosas distintas, o adoptando escalas diferentes. Una medida entonces no sirve para la otra, o no se encuentra en función de la otra. Ni siquiera cuando se ocupen de un mismo objeto o fenómeno. Esta primer caso no presenta mayores dificultades. Por su parte, en segundo lugar, es el hecho de que sobre un mismo objeto, o fenómeno, comportamiento sistema quepan visiones diferentes. En complejidad, esta posibilidad efectiva se denomina enfoque multiescalar, es decir, que sobre una misma realidad haya más de un observador. Pues bien, la aproximación multiescalar pone en claro precisamente que no exista una única medida de complejidad. Esta sí es una especificidad de las ciencias de la complejidad con respecto a otros tipos de ciencia, o teorías. 

Cabe destacar, con todo, dos grandes vetas de trabajo en el estudio de los CAS: una, la mayoritaria –y que se expresa y se condensa al mismo tiempo en los trabajos adelantados en torno al (SFI)-, trata de la búsqueda de patrones, pautas o leyes universales de la complejidad; así, el estudio de la complejidad consiste en la búsqueda de patrones o leyes universales, y en el fondo elementales, que tanto explican las razones por las cuales existen sistemas de complejidad creciente, cuanto que son comunes a los distintos sistemas complejos: así por ejemplo, al comportamientos de los animales sociales, el funcionamiento del cerebro, la economía, las redes neuronales, y demás. La segunda veta, en contraste, minoritaria, afirma que mientras que todos los sistemas simples son igualmente simples, cada sistema complejo posee su propia complejidad. Desde este punto de vista, el estudio de la complejidad consiste en la identificación de la especificidad de cada sistema complejo como de un sistema único o individual en la naturaleza. Como quiera que sea, es preciso decir que ambas posturas son inconmensurables entre sí. 

Con este texto me propongo sugerir una solución al problema mencionado de la medición de la complejidad de un sistema, para lo cual quisiera volver sobre las ciencias sociales, dado que aquí se encuentran –empírica e intuitivamente- los sistemas de máxima complejidad conocidos, a saber: los sistemas económicos, los sistemas políticos, los sistemas sociales y culturales, por ejemplo. Me propongo identificar e intentar solucionar el problema de la medición de la complejidad de los sistemas sociales humanos como los de máxima complejidad conocida[5]. En una palabra, el objeto aquí se ocupa de toda la dinámica de la historia humana, esto es, la dinámica de la historia y sus justificaciones y explicaciones. Al mismo tiempo, creo que la tesis que me propongo desarrollar permite adelantar una hipótesis con respecto a la inconmensurabilidad de las dos vetas anteriormente mencionadas. Esa hipótesis tentativa afirmaría que el problema de la medición de la complejidad máxima de un sistema social humano puede ser referido a cualquier sistema complejo humano, independientemente de la postura que se adopte, es decir, según si se afirma que existen leyes universales a todos los sistemas complejos y que esas leyes son elementales, o bien se sostiene que cada sistema complejo posee su propia complejidad. Como se observará, mi interés aquí no es inmediatamente el de discutir acerca de la posibilidad de conmensurabilidad entre ambas vetas mencionadas, ni tampoco acerca de su legitimidad, implicaciones, límites o posibilidades, pues ese es el objeto de otro trabajo aparte. 

Considero que, por lo menos desde el punto de vista heurístico, es altamente fructífero en el estudio de la medición de la complejidad de un sistema, tomar como hilo conductor algunos fenómenos, comportamientos, sistemas y problemas relativos a las ciencias sociales, una idea que, por elemental que parezca no ha sido explorada hasta ahora. Con esto no pretendo, en manera alguna, establecer ni una distancia ni una oposición entre las ciencias básicas y naturales y las ciencias sociales, lo cual me parece sencillamente nimio, ni tampoco me propongo plantear y ni siquiera sugerir la idea de una jerarquía de unas ciencias con respecto a otras, lo cual es desobligante. Antes bien, análogamente a como la patología constituye el mejor paradigma para estudiar la normalidad y la anormalidad en medicina y en biología, y análogamente a como la criminología representa la mejor expresión para explicar los comportamientos acordes a la normatividad y aquellos que no lo son en la esfera del derecho, por ejemplo, en la misma línea, quiero sugerir que el estudio del tipo de complejidad de los sistemas sociales puede servir como un campo excelso, hasta ahora ampliamente desatendido, para el estudio de la complejidad: esto es, para la determinación de lo que es la complejidad de un sistema adaptativo, en fin, para la medición de la complejidad de los sistemas no lineales en general: físicos o químicos, sociales o naturales. Pues bien, quisiera radicalizar el problema de la medición de la complejidad de un sistema en los siguientes términos: debe ser posible establecer la complejidad máxima de un sistema. La idea que quiero anticipar es que la complejidad máxima de un sistema no consiste necesariamente en el estado actual (de desarrollo) del sistema, ni tampoco coincide necesariamente con la historia (acontecida) del sistema, aun cuando, eventualmente, sí pueda coincidir con algún momento de su historia, o con el estado actual, y que genéricamente se designa como el estado crítico del sistema. Esta es la tesis que me propongo sostener. 

Para la meta propuesta, sugiero situarnos en el nivel meso del estudio de los sistemas dinámicos no-lineales en la dimensión de las ciencias sociales y humanas. Así,no se tratará aquí de determinar la complejidad del individuo, relativamente a la comunidad, la sociedad, la cultura en general, y ulteriormente la civilización humana. Esa constituye la escala micro. Tampoco es aquí el caso de estudiar la complejidad de la civilización humana como un todo, y que constituye a la escala macro. Respecto del primer plano, esa es la tarea de ciencias, disciplinas y prácticas como la psicología, la administración, la antropología, el trabajo social, la totalidad de las ciencias de la salud (la medicina, la enfermería, la odontología, la terapia física y respiratoria, y otras más), la mayoría de las cuales tienen muy serios problemas a la hora de establecer su propio estatuto epistemológico. En este plano, la ayuda de la nueva biología creo que puede ser altamente productiva para ellas. En cuanto a la escala macro, las últimas páginas del trabajo de Bar-Yam (1994) es altamente significativo, aunque parcial por auto-delimitado, y sólo me queda remitir a él. Como quiera que sea, los referentes en el estudio de la dinámica social y humana sí siguen siendo el individuo, la sociedad y la civilización humana, aun cuando los tipos de relaciones de un referente sobre el otro no siempre estén claramente delimitados. 

Una precisión: el contexto en el que quisiera formular aquí el problema es el de los sistemas dinámicos no-lineales, y por consiguiente, en la base se encuentra el desarrollo de la teoría de esta clase de sistemas. Así, debe ser claro que el tema aquí es el de los sistemas de complejidad creciente, si bien la expresión más popular es la de la complejidad que sucede entre el orden y el caos[6].

 A propósito del problema formulado, quiero sostener una segunda tesis, y que es, en realidad, una subtesis, relativamente a la primera. Esta segunda tesis se enuncia de la siguiente manera: la gran mayoría de las ciencias sociales y humanas han estado dominadas por el predominio del espacio, y no han alcanzado todavía a reconocer la importancia del tiempo[7]. Pues bien, la determinación de la complejidad máxima de un sistema, corresponde exactamente a la determinación de la complejidad creciente del sistema del caso en el tiempo y relativamente al tiempo, y la complejidad máxima no se corresponde exactamente con el tiempo actual del sistema[8].

 2-. De los sistemas ergódicos a los biológicos y los sociales humanos

 De acuerdo con una exposición clásica de I. Prigogine (1980, 1984), los sistemas dinámicos pueden ser explicados en términos de ciertos paradigmas. Los dos paradigmas más clásicos se condensan en los conceptos de sistemas dinámicos integrables y sistemas dinámicos ergódicos. Un sistema se dice que es ergódico cuando su dinámica está definida relativamente al equilibrio termodinámico. En otras palabras, cualesquiera que sean las condiciones iniciales, la evolución del sistema del caso debe permitirle alcanzar todos los puntos que poseen una misma energía. Son dos los rasgos básicos que definen a un sistema ergódico: de un lado, está marcado por una invariante, aun cuando todos los demás procesos y descripciones puedan sufrir modificaciones. Esta invariante es, en términos genéricos, la energía (con lo cual se respeta, en el caso de los sistemas ergódicos, a la primera ley de la termodinámica), y en términos más precisos, es el tiempo. De otra parte, precisamente en relación con esta última indicación, un sistema se dice que es ergódico cuando debe atravesar todas y cada una de las fases, espacios o momentos temporales, y ello debe ser igualmente cierto para los demás sistemas que tienen las propiedades o las características de la ergodicidad. 

Así, en su sentido primario, la energía se revela como el único invariante en la dinámica de los sistemas, coincidiendo con la primera ley de la termodinámica. Se dice, entonces, justamente, que se trata de sistemas ergódicos. Un tipo especial de sistemas dinámicos son aquellos que pueden ser descritos en términos de los recorridos o procesos que tienen, supuesto un tiempo determinado. Los padres de esta explicación, que puede ser llamada como la teoría ergódica, son J. C. Maxwell y L. Boltzmann. En palabras de Maxwell, la hipótesis ergódica se enuncia en los siguientes términos (citado por Prigogine, 1980: 33): “La única asunción necesaria para una demostración directa del problema del equilibrio termodinámico es que el sistema, si se abandona a sí mismo en el actual estado de movimiento, pasará tarde o temprano por cada una de las fases que son consistentes con la ecuación de energía” (traducción, C.E.M.). Prigogine (1984) denomina a la ergodicidad como “el aspecto negativo” de la inestabilidad dinámica, frente al cual destaca “el aspecto positivo”, y que pone de manifiesto el hecho de que, si bien estamos todos en un solo y mismo mundo, el mundo contiene una variedad infinita de tiempos internos, cada uno de los cuales está relacionado con el devenir de destinos individuales. Precisamente a partir de esta idea, todo el trabajo subsiguiente de Prigogine se concentra en el estudio del tiempo. Digamos de pasada que este giro hace que la obra de Prigogine evolucione desde el interés por los sistemas y fenómenos microscópicos hasta los sistemas de escala meso y macro, lo cual, sin embargo, en este contexto, constituye un tema aparte.

 La teoría ergódica consiste en el estudio de los comportamientos promedios a largo plazo de los sistemas dinámicos y, en particular, es el estudio de las transformaciones que conservan una medida determinada (Badii and Politi, 1997: 100 y sigs.). El estudio de este tipo de comportamientos de los sistemas dinámicos se rige por el teorema ergódico, que afirma que la medida de un sistema mediante la identificación de los promedios de las características en un largo período de tiempo es el mismo que el promedio de las coordinadas más rápidas del sistema. Este teorema se emplea para relacionar mediciones experimentales que se asume que ocurren en largos períodos de tiempo a fin de obtener teóricamente promedios sobre los conjuntos. Sin embargo, como observa Bar-Yam (Bar-Yam, 1997: 90), el teorema ergódico no es un teorema en el sentido de que haya sido demostrado en general, sino, más sencillamente, una afirmación referida a una propiedad que se aplica a algunos sistemas macroscópicos pero que no se aplica a otros. Todo el problema constitutivo de la así llamada teoría ergódica consiste en el estudio de cuándo se aplica o se verifica el teorema enunciado.

 Para los sistemas biológicos, S. Kauffman ha precisado, en diversos lenguajes y en contextos diferentes una misma idea, a saber: el reconocimiento de que los sistemas vivos no son ergódicos, y que, por consiguiente, el hecho de que haya sistemas vivos exige la idea, de mucha mayor envergadura, de acuerdo con la cual vivimos en un universo no ergódico[9]. A partir de esta idea, un procedimiento válido en el camino hacia la identificación de la complejidad de los sistemas, fenómenos y comportamientos de que se ocupan las ciencias sociales consiste en la extrapolación de algunas ideas provenientes de la nueva biología, y en particular a partir de los trabajos de S. Kauffman, y trabajar por analogía. Este es el camino que emprenderé. Así, el seguimiento, parcial por lo menos, de los sistemas biológicos puede ser de gran ayuda con respecto al estudio de la dinámica de los sistemas sociales humanos.

 A fin de sentar las bases de la analogía propuesta, quisiera a continuación resumir las ideas de S. Kauffman con respecto a la teoría ergódica, lo cual permite establecer claramente por qué razón los sistemas biológicos no pueden ser comprendidos o explicados en términos de ergocicidad. En su trabajo sobre los orígenes del orden, Kauffman (1993) destaca cuatro razones por las cuales los sistemas biológicos no pueden ser estudiados desde la perspectiva de los sistemas y fenómenos ergódicos. Estas cuatro razones son: 

a) En sistemas evolutivos –tales como los sistemas genómico, inmunitario o neurológico-, la ley que gobierna el comportamiento de un elemento no es la misma que las leyes que gobiernan los comportamientos de otros sistemas;

b) A diferencia de los sistemas físicos cerrados, que conservan energía, los sistemas biológicos son termodinámicamente abiertos, disipan típicamente energía y poseen atractores;

c) El despliegue regular de la ontogenia es suficiente para decir que los sistemas biológicos no yerran aleatoria y ergódicamente en su espacio de posibilidades;

d) El aspecto aleatorio más profundo de los sistemas biológicos consiste en la mutación aleatoria en el espacio de los sistemas posibles. 

Posteriormente, en su libro sobre la búsqueda de las leyes de la complejidad, Kauffman (1995) le dedica un espacio menor a la hipótesis ergódica, y sostiene que debido al recorrido ergódico de los sistemas en equilibrio termodinámico a través de todos sus microestados, los acuerdos delicados tienden a desaparecer. En otras palabras, asistimos permanentemente a un colapso continuo del orden en el estado de las cosas, y que ese colapso es, sencillamente, la creación y/o la emergencia de siempre nuevos comportamientos, formas, patrones, procesos y sistemas vivientes. A partir de este reconocimiento, en las investigaciones más recientes Kauffman (2000) se aventura a formular una cuarta ley de la termodinámica, y que sin embargo, no es el objeto central de mis consideraciones aquí. Lo que sí es relevante es la afirmación puntual de que la hipótesis ergódica no se sostiene en este universo y en sus escalas de tiempo (2000: 151-152).

 En consecuencia, es posible decir, en términos clásicos que los sistemas biológicos no están sometidos a la segunda ley de la termodinámica, la cual afirma en esencia que en los sistemas en equilibrio el orden tiende a desaparecer. En otras palabras, los sistemas biológicos se caracterizan por una complejidad creciente, superando la tendencia hacia la entropía –entendida la entropía como propia de un sistema cerrado-. Sin embargo, en una formulación más rigurosa y actual, es preciso reconocer que los sistemas biológicos sí están sometidos a la segunda ley de la termodinámica pero, desde la perspectiva internalista, para un sistema en expansión el principio de la entropía no es restrictivo, sino, por el contrario, abre posibilidades creativas. Es exactamente este punto el que abre las puertas, con Prigogine, a la termodinámica del no-equilibrio y, con Kauffman, a la investigación en torno a una cuarta ley de la termodinámica, que es justamente aquella que da lugar a los sistemas vivos como a sistemas creativos[10].

 Cabe destacar tres conclusiones directas del examen de los sistemas ergódicos y de la hipótesis ergódica con respecto a los sistemas sociales humanos. Estas tres conclusiones se implican entre sí de manera fuerte. En primer término, se trata del hecho de que los sistemas sociales humanos no poseen una única temporalidad, y que, adicionalmente, para ellos o en ellos mismos no existe ni un solo término invariante. En efecto, el tiempo mismo no es ni puede ser considerado como un invariante, puesto que para los seres humanos y sus organizaciones y acciones el tiempo mismo fluye y varía. En segundo término, los sistemas sociales humanos poseen una complejidad temporal sin otro parangón en la naturaleza; por cuanto se caracterizan por el hecho de que existen numerosas y entrecruzados órdenes temporales, y no existe la prevalencia de un único orden temporal, o que si existe, ese constituye un problema eminentemente cultural, y por consiguiente, sensible para varias o muchas de las ciencias sociales y humanas. Sencillamente, cuando aumenta la entropía, el sistema se desequilibra. En tercer término, a diferencia de los sistemas ergódicos, no es necesario ni posible que la dinámica de los sistemas sociales recorra todos y cada uno de los espacios para cubrir, finalmente, un equilibrio – equilibrio que en el caso de los sistemas ergódicos es termodinámico, pero que, como se pretende en ocasiones en algunas ciencias sociales y humanas, ese equilibrio sea un estadio económico determinado, el acatamiento de una cierta normatividad y reglas de conducta o comportamiento, o el imperativo de determinadas instituciones y principios[11]. 

La incorporación de operadores de evolución en el tiempo en el estudio de los sistemas dinámicos tiene la ventaja de que pone de manifiesto el hecho de que la densidad de no equilibrio puede seguir diferentes rutas para diferentes sistemas (Badii y Politi, 1997: 93). La forma más puntual de abordar estos operadores puede ser mediante el recurso a las lógicas temporales. Inmediatamente deberé referirme de manera más amplia a la importancia de la lógica del tiempo para el estudio de los sistemas complejos humanos.

En otras palabras, el problema de base consiste en el reconocimiento de que los sistemas biológicos poseen una complejidad distinta de la de los sistemas físicos, si bien pertenecen parcialmente a esta clase de sistemas. Puntualmente dicho, los sistemas biológicos no son ergódicos, esto es, poseen una temporalidad propia y distinta a la de los sistemas físicos. Por extensión, y por hipótesis, los sistemas sociales humanos tampoco son ergódicos, y su temporalidad debe y puede explicarse en términos diferentes a la de los sistemas físicos. El primer eslabón para la explicación de la temporalidad de los sistemas sociales humanos se explica, indirectamente, a partir de su contraste con la hipótesis ergódica[12]. Es preciso explicar la complejidad de los sistemas sociales, y el problema fundamental consiste en la determinación de la complejidad máxima de esta clase de sistemas.

 3-. El trabajo con escalas y mapas

 Existen dos posibilidades para comprender las propiedades de los sistemas complejos. La primera posibilidad consiste en el estudio de las relaciones entre las partes de un sistema y el sistema como un todo. La segunda, hace referencia a la explicación de la relación de los sistemas a su descripción. Es en este segundo plano que surge, clara y directamente, el problema de la definición de la complejidad: ¿qué se quiere decir cuando se dice que un sistema es complejo, teniendo siempre en cuenta que la base del estudio de los sistemas complejos es el reconocimiento –constante- de que se trata de sistemas de complejidad creciente? 

La manera más adecuada para delimitar el problema consiste en el recurso a dos conceptos o procedimientos: las escalas y los mapas. Por razones que tienen que ver con el problema que me interesa identificar, quisiera referirme inicialmente al primero, y sólo posteriormente al segundo. 

La geometría de fractales ha puesto de manifiesto, suficientemente, que un sistema puede tener autosimilitud en todas las escalas de longitud, contraviniendo así a toda la ciencia clásica –esto es, la ciencia anterior a, e independiente de, la emergencia las ciencias de la complejidad, la cual sostiene que los fenómenos se manifiestan de una manera particular en dependencia de la escala específica que se adopte. El enfoque complejo no-lineal afirma que es posible describir el comportamiento de un sistema en múltiples escalas de longitud. Extrapolando, se puede decir que la complejidad de un sistema es independiente de la adopción de una escala determinada (Cowan, Pines, Meltzer, 1999: 13). La geometría de fractales revela el concepto de una estructura que crece progresivamente en escalas cada vez más finas. 

La teoría escalar es aquella que se ocupa de cómo las propiedades de un sistema son dependientes de, o relativas a, una escala. En términos más generales, la teoría de las escalas se ocupa de los comportamientos de los sistemas en todas las escalas, a fin de verificar si esos comportamientos se mantienen y continúan, o si sufren modificaciones y de qué manera. Adicionalmente, el recurso a los análisis escalares puede usarse para comparar diferentes algoritmos que pueden resolver un mismo problema (Bar-Yam, 1997, Liebovitch, 1998). 

La complejidad de los sistemas dinámicos comienza a partir del momento en el que se tiene un grado elevado de complejidad –notablemente: de complejidad combinatoria- que no puede ser resuelto: a) en términos polinomiales ni, consiguientemente, b) en un tiempo polinomial. Es decir, los problemas verdaderamente significativos desde el punto de vista del estudio de los sistemas complejos adaptativos se inician a partir del momento en el que identificamos problemas cuya temporalidad no crece como una potencia fija. Se imponen entonces mediciones y tratamientos que incluyan numerosos grados de libertad –esto es, de términos (matemáticas), de dimensiones (física), de variables (economía)-. Dentro de los numerosos grados de libertad, es preciso considerar igualmente a la aleatoriedad, como una consecuencia lógica necesaria, a saber: la aleatoriedad es, por definición, el máximo grado de libertad de cualquier sistema abierto. Desde este punto de vista, puede decirse que un sistema puede ser calificado de simple cuando puede ser explicado y resuelto en términos, y en función, de polinomios. Cuando el recurso a polinomios revela limitaciones, el camino tradicional ha sido el de comprender la complejidad de un sistema, fenómeno o comportamiento recurriendo a la estadística, o al cálculo de probabilidades, incluyendo el recurso a ecuaciones integrales y, sobre todo, diferenciales. Inmediatamente puede comprenderse que se trata, entonces, de sistemas no-lineales. Por decir lo menos, los problemas más apasionantes desde el punto de vista de la teoría de los sistemas dinámicos no lineales no pueden resolverse en un tiempo polinomial, aun cuando sea muy difícil demostrar que pueden serlo. Como es sabido, aquí se encuentra el núcleo de las relaciones entre los problemas P (problemas que se pueden resolver mediante un algoritmo que funciona en un tiempo polinomial) y los problemas NP (aquellos problemas para los que no se conoce un algoritmo polinomial de resolución). Estos últimos se denominan problemas difíciles[13]. Como es generalmente reconocido, existe una dificultad enorme aquí. Se trata del hecho de que nadie, hasta la fecha, ha podido demostrar ni que la igualdad P=NP sea cierta, ni tampoco que haya problemas en NP que no están en P. Que P ≠ NP significa que es altamente difícil demostrar que un problema no se puede resolver en un tiempo polinomial. Pues bien, la inmensa mayoría de problemas no triviales de las ciencias sociales son precisamente problemas para los que no existe un algoritmo en un tiempo polinomial. Aquí comienza, por decirlo así, la teoría de los sistemas dinámicos no lineales en el contexto de las ciencias sociales. 

Pues bien, lo que se quiere decir cuando se afirma que un sistema es complejo es que debe poder medirse la complejidad de ese sistema, con lo cual, desde sus inicios, las ciencias de la complejidad quedan marcadas por el problema de la medición de la complejidad. En una palabra, hablar de complejidad y medir la complejidad son procedimientos equivalentes y se refuerzan mutuamente. Desde este punto de vista, el problema, sensible, de la medición de la complejidad de un sistema adopta naturalmente una expresión matemática, basada en la teoría de la información y en los principios de la computación. Así, la complejidad de un sistema se corresponde con la cantidad de información necesaria para describir el sistema: sus comportamientos, su evolución, su historia, etc. Queda así definida por parte de los investigadores la complejidad algorítmica como la expresión más sólida y generalizada en el estudio de los sistemas complejos[14]. Sin embargo, quisiera señalar el hecho de que la complejidad algorítmica es una determinación descriptiva de complejidad, y que en el orden de las explicaciones y comprensiones de los fenómenos, la descripción es un momento absolutamente imposible de omitir, pero que no puede fundar ninguna explicación o comprensión científica filosófica, algo que ya ha sido puesto en claro suficientemente por la filosofía de la ciencia. 

Los modelos clásicos para el estudio de los sistemas dinámicos consisten en la elaboración de mapas. El modelo más simple es un mapa determinista iterativo aplicado a una variable real individual. Quisiera exponer a continuación conceptualmente la idea de la elaboración de mapas y tipificar cada clase de mapa a fin de precisar, por vía negativa, cuál es la especificidad de la complejidad de los sistemas sociales humanos marcados por una complejidad creciente. 

La elaboración de mapas es un procedimiento utilizado con frecuencia en física, biología y matemáticas para identificar un sistema dinámico y establecer la descripción del mismo. El primero de estos procedimientos consiste en elaborar modelos que puedan capturar diversos aspectos de los sistemas complejos. La base de esta clase de modelos son los mapas iterativos. Un mapa iterativo es una función que permite comprender el estado de un sistema en un tiempo discreto. Así, para cada tiempo, se elaborará un mapa distinto. 

Los mapas iterativos se clasifican en varios tipos. Esquemáticamente, puede clasificarse de la siguiente manera. Existen los mapas iterativos binarios (que se caracterizan por que los valores del sistema en un tiempo dependen de los valores que tiene el mismo sistema en un tiempo anterior) los mapas iterativos lineales (que son mapas constantes; esta es la forma más simple o elemental de mapas), los mapas iterativos cuadráticos (que sirven para describir la no-linealidad. Gracias a estos mapas podemos observar fenómenos como las fiburcaciones. Los dos comportamientos que exhiben los mapas cuadráticos son los ciclos y el caos[15]). En otras palabras, los mapas iterativos mencionados se ocupan de sistemas con dos, cuatro o con un solo grado de libertad. Adicionalmente, es preciso hacer mención de otra clase de mapas: los mapas iterativos estocásticos. Desde el punto de vista de la complejidad, este tipo de mapas son más sugestivos. Pero antes de entrar a caracterizarlos, es conveniente hacer algunas consideraciones de tipo general.

 Los mapas iterativos binarios y lineales describen la evolución homogénea de los sistemas, en el sentido de que el estado de un sistema en un tiempo dado depende tan sólo del estado del sistema en el tiempo inmediatamente anterior. Exactamente en este sentido, existe una clara correspondencia entre esta clase de mapas y la teoría de la ergodicidad. En una palabra, los sistemas, fenómenos y comportamientos que se revelan mediante este tipo de análisis son deterministas: el pasado determina el estado actual del sistema, fenómeno o comportamiento. En un sentido más amplio, la consideración de los estados de un sistema en otros tiempos estará sometida a mecanismos probabilistas, mediante los cuales se habrá de verificar, efectivamente, las evoluciones probables del sistema de estudio. 

En cuanto a los mapas iterativos estocásticos, éstos se refieren naturalmente al estudio de los sistemas estocásticos. Como es sabido, esta clase de sistemas se caracterizan porque son impredecibles en el tiempo siguiente, no obstante el conocimiento que se tenga sobre el o los tiempos precedentes. La incertidumbre en la predicción puede provenir de distintas fuentes. Dentro de estas fuentes es importante destacar interacciones numerosas y, por definición, no-lineales; igualmente importantes es la existencia de parámetros demasiado complicados, esto es, notablemente, con un (muy) alto grado de complejidad combinatoria; asimismo, se encuentran aquellos parámetros que no se consideran relevantes para el problema de estudio, y que sin embargo existen y actúan en escalas muy bajas o finas. Por definición, dado el principio de incertidumbre, la dificultad radica en que, eventualmente, estos parámetros no relevantes pudieran revelarse, al cabo, como significativos. En esto consiste exactamente la aleatoriedad, y entonces se dice que el estudio del sistema se rige por criterios probabilísticos pero no deterministas. Puntualmente dicho, un sistema estocástico se describe en términos generales con base en la evolución en el tiempo de variables aleatorias (Bar-Yam, 1997). 

4-. Los tiempos de la complejidad de un sistema

 A partir de los análisis anteriores, cabe distinguir entre sistemas sociales en general y sistemas sociales humanos. En el primer caso, han sido importantes las contribuciones de la inteligencia artificial y particularmente de la vida artificial. Más recientemente, es muy importante la contribución de la inteligencia colectiva (swarm intelligence), un programa que se encuentra bastante más próximo de la vida artificial que de la inteligencia artificial y que de hecho se deriva de aquella; sin embargo, no es éste el lugar para ocuparnos de estos temas. 

Existen dos escalas básicas en la determinación de la complejidad de los sistemas sociales humanos: el espacio y el tiempo. Resulta aquí trivial subrayar la interrelación entre ambos. Hasta la fecha, la mayoría de los trabajos:

 a) que efectivamente establecen alguna determinación de complejidad social humana, o bien,

b) que pueden permitir hasta la fecha las mejores herramientas en la explicación y comprensión de la complejidad social humana 

han afirmado, abierta o implícitamente, tan sólo la escala espacial[16]. Las ciencias sociales y humanas deben todavía descubrir abiertamente el tiempo[17]. Mejor aún, cuando han descubierto el tiempo, o cuando hacen del tiempo un problema, las ciencias sociales y humanas siguen siendo newtonianas –o lo que es equivalente, kantianas-, puesto que presuponen la existencia de un tiempo dentro del cual suceden los fenómenos y comportamientos y que existe de manera constante o invariable. De esta suerte, prácticamente la totalidad de las explicaciones de las ciencias sociales y humanas, aun cuando no lo sepan, se refieren a los fenómenos, comportamientos y sistemas como a sistemas ergódicos. En rigor, las ciencias sociales y humanas aún no han descubierto las ciencias de la complejidad. 

No existe un tiempo en el que sucedan los comportamientos y fenómenos marcados por la complejidad. Por el contrario, el tiempo es la dinámica misma, mejor, es la complejidad misma de los sistemas, de tal suerte que la complejización de los sistemas se corresponde por completo con la creación o generación de tiempo; de tiempo o de temporalidades. En una palabra, la dinámica misma de los sistemas es una sola con la dinámica del tiempo, y los sistemas complejos son temporales y son tiempo mismo, puesto que antes de su complejización no existe ningún tiempo que los haga tales: esto es, de complejidad creciente. Puntualmente dicho: puede decirse que la complejidad aumenta en la medida en que un sistema contiene o exhibe mayores espacios o dimensiones de posibilidades[18]. Este es, sin lugar a dudas, el problema más apasionante del estudio sobre los sistemas complejos no-lineales; y en varios aspectos, es también el problema más difícil de todos. 

Para los efectos de la identificación del problema consistente en las relaciones entre complejidad y ciencias sociales (o sistemas sociales humanos), baste con el siguiente reconocimiento: el problema de la determinación máxima de un sistema corresponde exactamente con, y se sitúa de manera central en, la importancia del tiempo. Puntualmente dicho: la determinación de la complejidad máxima de cualquier sistema social y humano, desde el individuo hasta la civilización humana, es de un extremo al otro el problema mismo del tiempo. Con todo y que se pueda y se deba incluso decir: el problema de diversos órdenes temporales, lo cual, para los efectos del problema formulado, no agrega nada adicional. 

Quisiera hacer algunas puntualizaciones acerca del tema del tiempo en el contexto que nos ocupa a fin de sentar las bases para la explicación y comprensión de los tiempos de la complejidad de un sistema, y como una vía para evitar especulaciones fáciles o generalizaciones rápidas que pudieran hacer pensar que el problema del tiempo es “simple y llanamente” un asunto filosófico. Para ello, sugiero adoptar como hilo conductor a la lógica del tiempo.

 Pues bien, en la historia de la lógica clásica el tiempo permaneció como un tema “extra-lógico” (Haack, S., 1991). En verdad, desde sus orígenes, y por diversos caminos, la lógica sólo sabe, en el mejor de los casos, del espacio. Es sabido cómo desde los comienzos de la racionalidad occidental, la geometría adquiere un peso muy importante. De esta suerte, se produce desde los orígenes de la humanidad occidental un avance de la lógica del espacio sobre la lógica del discurso vulgar (“lenguajes naturales”), que es aquella en la cual existe el tiempo o en la cual el tiempo es dicho (legein). El triunfo de la geometría (Euclides, Eudoxio de Cnido, Ptolomeo, Descartes, Spinoza, Riemann, Lobachetvski) hizo más considerable el atraso de la lógica del tiempo.

 Las ideas que pueden tenerse como germinales en las consideraciones del tiempo cabe destacar los futuros contingentes (Aristóteles; Peri Hermeneias), lo posible es lo que está realizado en algún tiempo, y lo necesario es lo que está realizado en todo tiempo (Diodoro Cronos y los Megáricos), el reconocimiento de las distinciones entre lo absolutamente necesario, lo absolutamente perpetuo, lo generalmente condicional, lo generalmente absoluto, lo generalmente posible (la tradición Islámica (S. XIII, al-Qazwini al-Kãtibî), la teoría de la ampliación (la Escolástica del siglo XIII con Pedro de España, y del siglo XIV con Alberto de Sajonia), y, finalmente, las ideas más recientes expuestas en el siglo XIX por Hamilton, W. Minto, Bolzano y S. Mill), y en el siglo XX, por Russell y J.N. Findlay. Como cabe observar inmediatamente, existen múltiples conexiones entre la lógica del tiempo –que en rigor habría que denominar “lógicas temporales”, en plural-, y la lógica modal. Sin extremismos, cabe decir razonablemente que la lógica del tiempo pone de manifiesto las modalizaciones de los fenómenos, comportamientos y sistemas. Así, la complejidad de un sistema es directamente proporcional a las modalizaciones del sistema, y estas son temporales o son (el) tiempo mismo (Alchourrón, C.E., et al., (eds.), 1995).

 Habrá que esperar hasta la segunda mitad del siglo XX para el descubrimiento, la invención o el desarrollo de una lógica que se ocupe del tiempo. El trabajo seminal de Prior (1957, Time and Modality, 1967, Past, Present and Future,1968, Papers on Time and Tense) sentará las bases para la lógica temporal. El fundamento de la lógica temporal debe ser claro: el tiempo modifica los valores de verdad –o de falsedad- de las proposiciones.

 Los motivos que justifican el desarrollo de la lógica temporal son múltiples y diversos, y van desde motivaciones filosóficas, hasta exegéticas, lingüísticas, informáticas y matemáticas. El rasgo común a estas motivaciones de la lógica del tiempo consiste en elaborar un cálculo de eventos, y el trabajar con razonamientos por defecto. A partir de aquí surgen dos derivaciones altamente importantes y que, sin embargo, no puedo entrar a considerar en este contexto por delimitaciones de tema. Me refiero, para decirlo en el lenguaje de la lógica, a la semántica de los mundos posibles. Lo que sí quisiera destacar de manera inmediata es el que el tema de los mundos posibles interpela de manera directa a los sistemas sociales humanos, y constituye una marca clara de la complejidad –¡creciente!- de esta clase de sistemas. El mundo de las experiencias humanas hace referencia de manera necesaria, y al mismo tiempo se define de cara a, las posibilidades de la experiencia humana misma, y no tanto a su actualidad. Esta es una idea sobre la cual volveré hacia el final. 

Como una manera de ilustrar lo que acabo de decir en el marco de las lógicas temporales, bien vale tener en cuenta un aspecto central en este tipo de lógicas, a saber: la construcción del Ot –tiempo de Ockham- (Ochamist Tense, en inglés), el cual revela que el tiempo mismo, siendo lineal en el pasado, interpreta en el futuro la posibilidad y la necesidad como ramificadas. No existe, por consiguiente, una línea de continuidad necesaria entre pasado, presente y futuro. Antes bien, se trata de tres escalas, dimensiones o modalizaciones de un solo y mismo proceso. Este proceso puede ser designado de diversas maneras; así por ejemplo, se trata del movimiento, de la dinámica, de las transformaciones – todo lo cual exige de una explicación científica filosófica. Pues bien, el objeto de la teoría de los sistemas dinámicos no-lineales es justamente ese. No sobra insistir en el carácter creciente de dicho movimiento, dinámica o transformaciones. En otras palabras, el movimiento mismo no puede ser interpretado como una invariante, pues caeríamos nuevamente en los sistemas ergódicos. 

Pues bien, la tarea difícil consiste entonces en captar la racionalidad específica de la dimensión temporal. Pero esta tarea exige, entonces, trazar la distinción entre lógica y racionalidad, distinción que no existe en la lógica formal (clásica), puesto que en ella la racionalidad y la lógica coinciden por completo y se identifican plenamente. La importancia de esta distinción radica en el siguiente aspecto: si la lógica limita sus pretensiones al fundamento de las estructuras matemáticas ya elaboradas con anterioridad a ella, no tendrá por qué ocuparse del tiempo. Pero si pretende desbordar el marco en que los matemáticos tradicionalmente se habían encerrado, y no acepta renunciar a priori a ninguna forma de racionalidad, admite el problema del tiempo. De esta suerte, podemos adoptar a la lógica del tiempo como un buen motivo para abordar los temas y problemas de la temporalidad, evitando así especulaciones fáciles por tentadoras. 

En cuanto tal, la lógica del tiempo consiste en la formalización de las proposiciones que admiten temporalidad. Cabe distinguir tres clases de formalizaciones, así: a) la temporalidad se expresa primero gramaticalmente por el tiempo del verbo: lógicas del tiempo gramatical; b) las lenguas indo-europeas expresan la temporalidad mediante la indicación circunstancial de la fecha: lógicas de la datación; y c) la gramática expresa el tiempo mediante adverbios y preposiciones: lógica de los funtores temporales (Gardier, J.-L., 1979).

 Pues bien, las ciencias sociales no han hecho la incorporación de la lógica del tiempo, de manera que se abre aquí una veta de trabajo magnífica para ellas. Lo significativo –por contrastante-, es, sin embargo, el hecho de que la lógica del tiempo sí se ha abierto a las ciencias sociales. Esto se expresa, notablemente, en los trabajos sobre las lógicas de la acción (Von Wright), del movimiento (Prior, Rescher y Urquhart) y de la historia (Rogowski).

 Como quiera que sea, la lógica del tiempo trabaja como un instrumento de clarificación en el que se pone en primer plano el estudio de la disimetría en las líneas del tiempo, esto es, la distinción fundamental entre la unilinealidad del pasado y multilinealidad del porvenir.

 Quedan así en claro dos ideas fundamentales:

a)      En primer término, la lógica del pasado no coincide ni se identifica con la lógica del porvenir; y,

b)      En segundo lugar, las formas de ocuparse del tiempo son múltiples en función precisamente de la no univocidad ni linealidad de los sucesos y fenómenos temporales. 

De este modo, estoy sugiriendo que para el estudio de las relaciones entre complejidad y sistemas sociales humanos, el recurso a la lógica del tiempo es altamente fructífero y puede conducir, desde sí mismo, hacia el estudio de los sistemas complejos no-lineales.

 5-. El problema de fondo es el de las posibilidades de un sistema 

Queda dicho: el problema de fondo en el estudio de la complejidad de los sistemas sociales humanos es el de las posibilidades de un sistema. Quiero sostener la idea según la cual en este punto se encuentra la importancia decisiva de esa forma nueva de racionalidad que son las ciencias de la complejidad[19]. Pues bien, la nueva racionalidad que implican las ciencias de la complejidad consiste en el reconocimiento de que, por primera vez en la historia de la humanidad occidental, el tiempo es considerado como un factor de creación o de creatividad, y no como un elemento que significa desgaste (en el sentido de la termodinámica clásica), ni tampoco como algo que o bien se descuenta o se deba descontar. De esta suerte, el estudio de los sistemas de complejidad creciente se corresponde exactamente con el estudio de la manera como el tiempo puede y debe ser tenido como un elemento que suma, y no que resta, en la consideración sobre la dinámica –esto es, de la vida-, de este tipo de sistemas, fenómenos o comportamientos. Que, manifiestamente, se deba incluso hablar de múltiples temporalidades, es algo que llena de mayores contenidos esta reflexión. Pero, precisamente que debamos hablar en propiedad de temporalidades y no ya simplemente de tiempo (en singular), significa que el tema que se encuentra en la base del estudio de los sistemas de complejidad creciente es el de las posibilidades.

 Pues bien, el más complejo, por cuanto cuenta con el mayor número de posibilidades es el universo de las experiencias humanas. Y entonces sí, efectivamente, es el mundo de los sistemas sociales humanos el de mayor complejidad conocida. Estén, desde luego, varios registros acerca de la medición de la complejidad humana. Así, por ejemplo, mediciones acerca de las bases genéticas de los seres humanos, o las relaciones entre la mecánica natural y la mecánica humana que muestra los grados de complejidad de la última con respecto a la primera[20]. Sin embargo, no es en esta dirección que me gustaría llamar la atención puesto que estos registros bien pueden ser incluidos –como de hecho es el caso en la mayoría de los casos-, dentro de los marcos de la ciencia clásica: por consiguiente, dentro de la ciencia normal (Kuhn) que no trabaja con, o no sabe de, los sistemas de complejidad creciente, esto es, los sistemas dinámicos no-lineales. O bien, por decir lo menos, estas mediciones pueden ser referenciadas como ilustraciones de las tensiones entre la ciencia normal y la revolución científica que son las ciencias de la complejidad.

 Quisiera avanzar en la dirección de las relaciones entre complejidad y ciencias sociales, volviendo sobre la tesis formulada antes arriba. Los sistemas sociales humanos son los de mayor complejidad, pero entonces, precisamente por ello, debe ser posible establecer la complejidad máxima de este tipo de sistemas. En una primera formulación, el problema de la complejidad máxima de los sistemas sociales se define en correspondencia con la dinámica misma, esto es, con el tiempo mismo de estos sistemas; de estos sistemas y/o de los elementos que constituyen a estos sistemas. Ahora bien, la dificultad consiste en lo siguiente: no es evidente, en manera alguna, que la complejidad de un sistema se corresponda con el estado actual del sistema, ni tampoco, consiguientemente, con el tiempo actual en el que existe o se desenvuelve el sistema.  

Bien pudiera suceder, como efectivamente es el caso, que la complejidad, esto es, la complejidad máxima, de un sistema se encuentre:

a) En un tiempo anterior al tiempo actual del sistema, o bien,

b) En un tiempo futuro del sistema, y que no es el tiempo actual. 

Esta situación abre varias líneas de análisis.

 En el primer caso, los sistemas sociales humanos ponen de manifiesto que, en contraste con las mediciones estadística y probabilística de la complejidad, sólo con respecto a esta clase de sistemas sociales cabe decir, en propiedad, que su complejidad puede encontrarse en un tiempo anterior al tiempo actual del sistema; así, por ejemplo, y en contraste notable con la cibernética de segundo orden y con el enfoque proveniente de los enfoque sistémicos, esto permite sostener, sin dificultad alguna, que la complejidad de un sistema social actual se encuentra en un tiempo anterior a la que el observador actual establece. Así, no es cierto que la complejidad de un sistema sea relativa al observador. En ciencias y disciplinas diversas, tales como la historiografía, la etnografía, la antropología social comparada, o la nueva economía, esto es, la economía que se estudia de la mano de la biología evolucionista, existen mediciones diversas que tanto favorecen como ilustran este primer argumento. 

Que la complejidad máxima de un sistema no coincida necesariamente con el estado actual de vida o de desarrollo de un sistema cualquiera rompe precisamente todas las explicaciones y comprensiones lineales y deterministas de los sistemas, y en primer lugar la creencia en la primacía de algo así como la historia ortodoxa, o la “historia oficial”. Por consiguiente, no solamente caen todas las comprensiones de las experiencias humanas concebidas en términos escalares, de mapas o en términos de ergodicidad, sino, más significativamente, se abre un amplio horizonte de reconstituciones y reconfiguraciones tanto hacia atrás en la historia, como en las línea de correspondencia entre el pasado y el presente. Contra la ergodicidad, no existe en el caso de los sistemas biológicos (Kauffman) y sociales humanos, absolutamente ninguna necesidad de conexión entre pasado y presente. Por el contrario, precisamente, esas conexiones son sencillamente estadísticas y/o probabilísiticas. 

De esta suerte, es posible avanzar un paso significativo con respecto a la complejidad de los sistemas sociales humanos. Así, los sistemas sociales humanos son cerrados hacia el pasado y sensibles a las condiciones iniciales que son el presente o que se encarnan el presente – condiciones a partir de las cuales los sistemas sociales humanos pueden hacerse impredecibles. La consecuencia analítica –esto es, en el orden del lenguaje- de estas consideraciones es sencillamente demoledora. Hay numerosos conceptos que no deberían ser empleados o cuyo uso debería ser estrictamente limitado y permanentemente contextualizado, pues de lo contrario, como es natural con los conceptos y las palabras, se abre continuamente la puerta a generalizaciones y universalizaciones fáciles. Tal es el caso con términos tales como “proceso(s)”, “construcciones”, “estados”, aunque la lista podría hacerse muy larga[21]. Como efectivamente lo muestra el nominalismo medieval de la baja Edad Media, existen individuos y palabras; los primeros designan singularidades, y las segundas, afirman o implican universales. 

Por su parte, en el segundo caso, la idea de que la complejidad máxima de un sistema social humano (CAS humano) se puede encontrar en un tiempo futuro implica dos cosas: en correspondencia con la primera opción considerada, es una consecuencia necesaria del hecho de que pueda no encontrarse en el tiempo actual del sistema; pero, radicalizando más esa primera consideración, es la posibilidad que cabe naturalmente abordar si, como es el caso, puede suceder que la complejidad máxima de un sistema no sea satisfactoria desde el punto de vista al mismo tiempo moral, lógico y heurístico, en un tiempo pasado. Entonces es claro que cabe pensar –eso: pensar-, que la complejidad máxima pueda y deba encontrarse en un tiempo que no sea el pasado ni tampoco el presente en la vida de ese sistema. Pues bien, aquí emerge la consecuencia más radical en el estudio de los sistemas de complejidad creciente, a saber: en sistemas crecientemente complejos, la medida de complejidad máxima se encuentra –incluso caso que por definición-, en un estadio posterior a cualquier estadio conocido, pasado o actual. Puntualmente dicho: la sociedad humana es la máxima complejidad conocida, pero no por ello, la máxima complejidad posible. Así, las ciencias de la complejidad son ciencias de lo posible. Quisiera subrayar esto: ciencias de lo posible. Mediante el primer énfasis, se trata de suprimir cualquier consideración extra-científica en el sentido que más preocupaba al último C. Sagan, esto es, en el problema difícil de demarcar la ciencia y la pseudo-ciencia. Una manera cultural de decir lo mismo es que se trata así de delimitar los saberes circulantes tanto como las especulaciones basadas en criterios en autoridad, con respecto a lo que es una teoría científica filosófica sólida y seria. 

Complementando una línea de explicación anterior, cabe decir entonces que es propio de los sistemas sociales humanos de complejidad creciente que son cerrados hacia el pasado, sensibles a las condiciones iniciales que son el presente, y abiertos hacia el futuro. Y que, entonces, precisamente por ello, carecen de futuro, puesto que lo que caracteriza a esta clase de sistemas es que poseen numerosos futuros. Si hay una esfera en la cual se pone en claro este hecho es gracias a los análisis derivados de la teoría de la decisión racional: cada vez que decidimos estamos cambiando el futuro; esto es cambiamos el futuro que sucedería si no decidiéramos o si decidiéramos en un sentido contrario al vector de las posibilidades que cabe anticipar de una decisión adoptada. 

Vivimos en un solo mundo común para todos, pero compuesto por numerosas temporalidades. Es claro, desde diversos puntos de vista, que el tiempo no existe, puesto que es el resultado de las interacciones, múltiples, entre los agentes. Lo mejor que podemos decir es que existen diversas temporalidades: notablemente, con respecto a la distinción de base entre problemas P y NP, cabe distinguir esencialmente una temporalidad aritmética, una temporalidad algebraica, una temporalidad geométrica y una temporalidad hiperbólica. Puntualmente dicho: antes del individuo el tiempo no existe, ni tampoco el tiempo surge a partir del individuo. El tiempo es la obra misma de las interacciones entre individuos, o mejor, el tiempo son las interacciones mismas. 

De esta suerte, debe ser claro que la preocupación en el estudio de las ciencias de la complejidad es por los tiempos mismos de la complejidad, esto es, por las posibilidades mismas del sistema, el fenómeno o el comportamiento de estudio. Exactamente en esta línea quiero defender la idea de acuerdo con la cual la preocupación de base es y debe ser siempre la de las posibilidades de máxima complejidad – una idea que no es ni obvia ni fácil, particularmente a la luz de la historia de la filosofía y de la historia de la ciencia. Una herramienta para el estudio de la complejidad máxima es, por tanto, la del estudio de los estados críticos de un sistema y, particularmente, la criticalidad autoorganizada (SOC, en inglés) de P. Bak, y las transiciones de fase (y particularmente las transiciones de segundo orden). 

No solamente es cierto que el tiempo es irreversible y factor de creación, sino, adicionalmente, el tiempo es ruptura de sí mismo en el esfuerzo de los sistemas marcados por complejización, por hacer cada vez más posible, es decir, más real, el mundo, la vida, el pensamiento, en fin, las experiencias humanas cargadas de creciente complejización. El problema es que no es nunca ni evidente ni fácil determinar que una experiencia humana sea de este tipo. Ello al mismo tiempo revela la significación del estudio de las ciencias de la complejidad, como su dificultad. 

En una representación gráfica, podemos representarnos el problema en los siguientes términos:

  

Gráfico 1

   
 
 
 


y = posibilidades

 
 

 

 


x = tiempo

 

 

t1 t2 t3 t4 t5 t6

 

 

Sin embargo, la dificultad con esta representación estriba en el hecho de que es, aún, lineal, y por consiguiente engañosa para identificar y formular el problema que nos interesa, a saber: el de cómo medir la complejidad máxima de un sistema. Esto nos conduce a una segunda formulación del problema.

 La complejidad de los sistemas sociales no se corresponde de manera necesaria con la historia misma del sistema. En otras palabras, la evolución de un sistema puede ser distinta de la historia del sistema, de suerte que la complejidad del sistema no se expresa con la historia –oficial- del sistema. Así, la complejidad máxima de un sistema puede no corresponder con la “historia –oficial-“ del sistema.

 El gráfico número 2 ilustra esta situación:

  

Gráfico 2

Lo que se mide en los ejes

“presente”, “pasado”, “futuro”

es lo que se define en cada

caso como el parámetro de

complejidad máxima Presente

 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 


Pasado Futuro

 

 6-. Reconsideración